August 19, 2015

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¡SOS rabietas! Sobrevivir y progresar.

 

 

¿Cuántas veces los padres terminamos enfadados y agotados cuando intentamos que nuestro hijo de 3 años se quite la ropa y entre en la bañera? ¿Y qué decir de la vergüenza que podemos sentir hacía la vecina cuando de repente nuestro hijo de 20 meses empieza a pegar al suyo de 5 años mientras están jugando tranquilamente en el salón de nuestra casa?

Situaciones así suceden constantemente con niños alrededor de 2 y 3 años y nos cansan, nos enfadan y muchas veces nos hacen sentir impotentes frente a la irracionalidad de estos comportamientos. Los padres consideramos las rabietas de nuestros hijos un momento de tensión familiar a los que intentamos sobrevivir todos los días. Sin embargo también en estos momentos nuestra tarea y nuestra aspiración como padres van un poco mas allá del sobrevivir: nuestro objetivo es el de educarlos de tal manera que le permita progresar.

 

Entonces, ¿si empezáramos a ver las rabietas desde otra perspectiva y a considerarlas una oportunidad para ayudar a nuestros hijos a crecer como personas responsables y felices?

 

Rabietas y cerebro.

 

“¿Acaso los niños conspiran para que la vida de sus padres sea un desafío continuo? No, solamente que su cerebro en desarrollo lleva la voz cantante”. [Daniel Siegel y Tina Bryson, El Cerebro del Niño].

Cuando un niño alrededor de 2 años comienza a ser personita y a desarrollar su voluntad propia (los “¡no quiero!” y los “¡yo solito!” que tanto repiten en sus conversaciones) empieza a moverse dentro de él una ola emocional muy potente que le acompaña durante el día a día y que el niño no sabe gestionar en absoluto, ni tanto menos comprender.

 

¿Porque?

 

Porque su pequeño cerebro está en pleno desarrollo y aun le faltan las partes que pueden controlar y regular esta ola emocional.

 

Imaginad su cerebro como si fuera una casa de dos pisos que está en obras: a esa edad aún le faltan paredes o partes del tejado, en particular en el piso de arriba (lo que llamamos “el cerebro superior”). Este piso es el que se encarga de las funciones más complejas como el pensar, el imaginar, el planificar, el analizar el contexto y tomar decisiones sensatas (como no pegar al niño de enfrente por haber invadido su espacio y cogido sus juguetes, cosa que por otro lado puede enfadar muchísimo) funciones que ayudan a dar un sentido a las experiencias que vivimos y a las emociones que se generan.

Alrededor de 2 años, un niño tiene muy bien construida la planta baja de su casa (“el cerebro inferior”), piso que se encarga de las funciones básicas y primarias como aquellos procesos que regulan el funcionamiento del organismo (que respire, que el corazón lata, etc.), los instintos, los impulsos y las emociones primitivas (entre otras la rabia y el miedo). Este piso es el que lleva funcionando muy bien desde el nacimiento, dado que se encarga de la supervivencia, y que también los animales tienen muy bien amueblado. En este sentido, cuando el hijo de 5 años de la vecina, que ha venido a tomarse un café en nuestra casa, se pone cómodo en la alfombra del salón a jugar con los trenes de nuestro hijo, lo único que este último ve es un intruso amenazante que se está apoderando de su territorio y de sus juguetes. Y es así que reacciona como un animal atacado empezando a pegarle. Si además intentamos detenerle él suelta aun más su ira: la rabieta. Este tipo de rabieta es la que solemos llamar “rabieta primaria o del cerebro inferior” que activa las emociones primarias de la planta baja del cerebro (el que funciona mejor a esa edad) y que se diferencia de la “rabieta secundaria o del cerebro superior” de los niños más mayores.

 

Rabietas primarias.

 

 

En una “rabieta primaria” el niño no tiene control de la emoción ni del cuerpo (de allí las pataletas, los intentos de pegar, los golpes de la cabeza u otras partes le cuerpo contra paredes o suelo), y no sabe comprender las consecuencias de sus acciones (función compleja propia de la planta superior aun en plenas obras). En ese momento quien tiene el mando es la emoción, así tal cual es, pura e incontrolable, y por la que muchas veces el niño olvida la verdadera razón de su enfado. La única manera de apagar este fuego es a través de cariño, de tranquilidad y de empatía. En estas situaciones los enfados de los padres y los límites nunca dan éxito, sino todo lo contrario. Asimismo el “no hacerle caso” lleva al niño a aprender a reprimir estas emociones en cuanto malas, para que sus padres le consideren y entonces le puedan querer. La rabia y el miedo son emociones que necesitan respectivamente comprensión y protección para calmar su poder: abrazos, palabras de consuelo, canciones para tranquilizarlos y para distraerlos, etc. Muchas veces basta sólo con estar a su lado dejando clara nuestra presencia y la voluntad de ayudarle, permitiendo que la rabieta haga su curso sin que la intentemos bloquear antes de lo previsto. En otras ocasiones, en las que el niño pueda hacerse daño, es necesario contenerlos físicamente. Solo entonces, en cuanto hayamos conectado emocionalmente con él, podemos apelarnos a la razón. Es decir, buscar una explicación a lo que ha pasado, hablar de conducta adecuada y alternativas sanas para desahogar su enfado o reaccionar al miedo y de las consecuencias de sus acciones, ayudando al niño a poner unos ladrillos más en la planta superior de su cerebro. De esa manera la rabieta no se figura solo como un momento al que intentamos sobrevivir, si no que se convierte en una oportunidad para ayudarle a desarrollar su inteligencia emocional. Es decir, ayudarle a escuchar sus emociones, reconocerlas en el momento que surjan, expresarlas de manera adecuada y controlada, comprender y empatizar con las emociones de los demás.

 

Rabietas secundarias.

 

En todo este escenario es importante reconocer otro tipo de rabieta totalmente diferente a la primaria, la “rabieta secundaria o del cerebro superior”, que suelen tener los niños con uno o dos añitos demás. En esto secundo tipo de rabieta el niño, en cuanto más mayor, tiene un poco más desarrollado su cerebro superior y utiliza su capacidad de decisión y de planificación en sus enfados: el niño es consciente de la situación y de las consecuencias de su conducta y recurre a la rabieta para llegar a un determinado objetivo. En este caso la respuesta de los padres tiene que ser una sola: límites claros sin ceder. Los límites son una manera de cuidar a nuestros hijos, ayudándoles a desarrollar el sentimiento de responsabilidad y las competencias sociales, y favoreciendo la seguridad en sí mismos y una buena autoestima.

 

 

En el próximo articulo os voy a contar algunas estrategias para ayudar a nuestros hijos a desarrollar una buena inteligencia emocional, no solo en los momentos de rabieta si no en su día a día.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Image 1: Rabieta

https://www.flickr.com/photos/romeroleo/15301867021/in/photolist-pjb4Xt-byM4jK-8BLGFh-brENm5-8fSkFC-6PsSFh-37bXtH-cjbbYs-atJ8Hy-9n3v4c-6fKd4w-nsGgNt-4TKeKG-2JHNe6-5ijixx-9hpLo4-7tEPVH-br3T99-5wpN7Q-6u15YW-byRiLm-8o7m5Q-bZM1u3-7GQWSc-4Becvx-3Hk5Ci-Medoz-YzU2CG-3pPjbz-vWgoC-kECMKF-mWQU43-YzFr2b-8f9zjE-co1Tw7-9LBK7p-iRt6RS-9yUJZo-4PGWuq-4h5oXz-bq4ckv-7tJLDQ-68YTvb-EhGSRk-8vxFpT-iLyaMC-6fc9Ry-6Qfhop-ecKunQ-5bpQMe

 

Image2: The Brain House

https://www.heysigmund.com/how-to-teach-kids-about-the-brain-laying-strong-foundations-for-emotional-intelligence-by-dr-hazel-harrison/

 

Image3: 'The Angry Boys golden hand' 
http://www.flickr.com/photos/83738663@N00/23664799948
Found on flickrcc.net

 

 

 

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